En el camino del crecimiento espiritual, que no es otra cosa que el camino de ser plenamente humanos, los santos nos enseñan la importancia de las virtudes y los vicios. Las virtudes son disposiciones habituales para hacer el bien y nos disponen a crecer en amor a Dios, al prójimo y a uno mismo. Por el contrario, los vicios, desde la misma perspectiva espiritual, son una serie de hábitos, actitudes o acciones que nos distorsionan o nos hacen perder el rumbo.
Desde la perspectiva de la virtud de la honestidad, hablaremos de los valores que la acompañan o facilitan que seamos personas íntegras en la vivencia de la honestidad y, por el contrario, mencionaremos los vicios, actitudes o acciones que hacen que se forme su contrario: el vicio de la deshonestidad.
Para hacer crecer en nosotros y en nuestros hijos la virtud de la honestidad, debemos favorecer la vivencia de la sencillez, la humildad, la transparencia, la sinceridad y la honradez. Trabajemos en hacer crecer en nosotros el hábito de vivir en la verdad y de decir la verdad. Hacer que la congruencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos sea una forma habitual de ser y de relacionarnos con los demás. Busquemos ser justos y honrados en las cosas que hacemos.
Ninguno de nosotros tiene la intención de formar para la deshonestidad. Deseamos que nuestros hijos sean íntegros en la vivencia de la honestidad. Por lo que debemos estar atentos a algunas acciones que van creando ciertos vicios. Sabemos que así como un valor o virtud se forma mediante la repetición continua del mismo, lo mismo sucede con los vicios. Por ejemplo, no por decir una mentira ya tenemos ese vicio, pero si lo repetimos continuamente, generamos el vicio de la mentira y, tristemente, se hace una manera habitual de estar en la vida.
Así que estemos atentos a actitudes o acciones que pueden estar formando o favoreciendo el vicio de la deshonestidad, en nosotros y en nuestros hijos: aprovecharnos de situaciones o personas para sacar ventaja, justificar acciones o conductas que no son buenas en sí, favorecer que nosotros y nuestros hijos “nos saltemos” las reglas, echarle la culpa de nuestros errores a los demás, mentir, ser incongruentes, tratar injustamente a los demás…
La vivencia personal de los valores y el ejemplo que se transmite a través de ellos, es la mejor manera de educar a nuestros hijos. Ellos, en el día a día, aprenden de nosotros de qué se trata eso de vivir íntegramente el valor de la honestidad. Si queremos formar a nuestros hijos en este valor, ¡Asumamos el reto permanente de vivir en la honestidad!
